“Mañana te espera un homicidio”, me dijo el secretario por teléfono. Era domingo a la noche y ya sabía que el lunes sería largo. Lo que no sabía era que, cuarenta y ocho horas antes, un hombre había llamado a su hijo para decirle:
—Ro… maté a mamá.
En los tribunales penales, los lunes son jornadas pesadas. Se acumulan los detenidos del fin de semana y el trabajo se multiplica. Pero mientras leía el sumario policial a primera hora del día, comprendí que este caso era distinto: no solo por la violencia del hecho, sino por la carga invisible que lo rodeaba.
Hugo y Mónica llevaban treinta y cinco años de matrimonio. Vivían en un departamento en un sexto piso. Tenían dos hijos: Román, de treinta y tres, casado y padre de dos chicos pequeños; y Lucía, de veintisiete, que aún vivía con ellos.
El viernes por la noche, como tantas otras veces, se reunieron a cenar. Fue una velada tranquila: conversación familiar, risas dispersas, el calor de la rutina. Después, Román y su familia volvieron a su casa; Lucía salió rumbo a una fiesta. El departamento quedó en silencio, con Hugo y Mónica adentro.
Un rato más tarde, Román, ya en su hogar, atendió el teléfono. Reconoció al instante la voz de su padre, pero no la forma en que sonaba:
—Ro… maté a mamá.
No hubo tiempo para preguntas ni para incredulidad. Colgó y salió. El volante se le clavaba en las manos mientras conducía de regreso a su casa de la infancia. En medio del trayecto, llamó a su hermana. Lucía respondió con el ruido de música de fondo.
—Papá me llamó… dijo que mató a mamá.
—¿Qué? —fue todo lo que alcanzó a decir ella.
Cuando Román llegó, abrió la puerta y sintió el aire frío que venía del balcón. Lo vio allí: su padre, encorvado sobre la baranda, con una pierna ya al otro lado. Estaba a segundos de dejarse caer al vacío.
Román corrió. Lo sujetó del cinturón y tiró con todas sus fuerzas. El cuero le quemó las palmas de las manos. Hugo, inerte y pesado cayó hacia atrás, de regreso al departamento. Tenía las manos y la ropa manchadas de sangre.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Román, con la voz quebrada
—En tu cuarto —respondió Hugo.
El cuarto que había sido suyo cuando era chico. El cuarto donde había pegado pósters y escondido secretos de adolescente.
Entró. Lo primero que vio fue el charco oscuro sobre el piso, expandiéndose como una sombra viva. En el centro, Mónica yacía inmóvil, con un cuchillo de cocina junto a su costado. No hizo falta tocarla para saber que estaba muerta.
Minutos después llegó Lucía, seguida de la policía. El departamento se llenó de voces, órdenes y del ensordecedor ruido de la destrucción familiar. Hugo fue detenido esa misma noche.
Durante el fin de semana, la historia comenzó a armarse. Hugo padecía esquizofrenia desde hacía años. Lo trataban de forma ambulatoria, pero el viernes había tenido un brote psicótico. Creyó, con la certeza indestructible de la enfermedad, que Mónica le era infiel. No lo era. Y sin embargo, esa idea bastó para romperlo todo.
El lunes al mediodía, Román y Lucía se presentaron en el juzgado. Caminaban despacio, como si el suelo pesara más que de costumbre. Les di el pésame y traté de explicarles lo que sucedería a nivel procesal. Se miraron entre ellos, como buscando una respuesta en la mirada del otro, y dijeron:
—Acabamos de enterrar a mamá y no sabemos si queremos que papá esté preso o en libertad.
Esa frase me quedó grabada. Porque no había una respuesta correcta.
En los días siguientes, Hugo fue evaluado por peritos psiquiátricos y psicológicos. Revisamos su historia clínica, que incluía una internación del año anterior y años de tratamientos. Los informes coincidieron: en el momento del homicidio, no podía comprender la criminalidad de su acto. Era inimputable. No habría juicio penal.
Pero eso no significaba libertad. Los mismos especialistas advirtieron que Hugo representaba un peligro para sí mismo y para terceros. El expediente pasó a la justicia civil, que debía decidir su internación en una institución psiquiátrica.
Así, el caso dejó de ser un asunto penal y se convirtió en una cuestión de salud mental y custodia.
Para Román y Lucía, esa resolución no traía alivio. No se trataba de ver a su padre preso o libre, sino de enfrentarse a un hombre que ya no era del todo su padre. Un hombre que respiraba, hablaba, y hasta podía mirarlos con reconocimiento fugaz… pero que vivía en un lugar mental al que ellos no podían entrar.
Hugo no volvió a su casa. No volvió a ninguna. Pasó a vivir entre paredes blancas, bajo la vigilancia de enfermeros y médicos, en un tiempo suspendido que no sigue el calendario de afuera.
Y sin embargo, lo que más pesaba en la familia no era la ausencia física. Lo insoportable era la certeza de que, aunque lo tuvieran delante, ya nunca más lo reconocerían del todo.
Bajo el título de Crónicas Tribunalicias podrás encontrar relatos de hechos, anécdotas y casos que investigué durante mi desempeño en tribunales.
Las crónicas fusionan la objetividad de historias reales con cierta mirada personal e interpretativa, contadas con detalles humanos, giros narrativos y contexto legal.