Luego de tres años de investigación, el 30 de junio de 2023 el Tribunal Colegiado integrado por las juezas Natalia Ohman, Gabriela Zangaro y el juez Ricardo Félix Baldomar resolvió condenar al docente Adrián Darío Rowek a la pena de 20 años de prisión de efectivo cumplimiento e inhabilitarlo de por vida para ejercer la docencia con menores de edad.

Este es el corolario de una investigación que se inició en mayo de 2020 por el delito de grooming, en la que una madre denunció que Adrián Rowek le había enviado fotos de alto contenido sexual a su hijo -quien era su alumno en una escuela pública- y además mantenía conversaciones del mismo tenor a través de Whatsapp. En ese momento, el niño tenía 12 años y Rowek 50.

Cinco días más tarde de la primera denuncia, el Juzgado Penal, Contravencional y de Faltas Nº21, a cargo de la Dra. Cristina Lara, a pedido de la Unidad Fiscal Especializada en Delitos y Contravenciones Informáticas de la Ciudad de Buenos Aires, a cargo de la Dra. Daniela Dupuy, ordenó realizar un allanamiento en el domicilio de Rowek. Durante la diligencia judicial, el personal policial se encontró con un niño de 14 años, durmiendo en la cama con su abusador. Este joven también había sido su alumno.

Al tomar estado público la detención, fueron varios los ex alumnos de Adrián Rowek que se acercaron a denunciar a la fiscalía, afirmando que habían sido víctimas de distintos tipos de abuso sexuales por parte de este docente desde el año 1990 hasta 2020. El común denominador de los testimonios de las víctimas, daba cuenta que Rowek comenzaba su plan criminal cuando los niños eran sus alumnos en séptimo grado y se iba profundizando durante los primeros años de la escuela secundaria. Si bien ya no mantenían un vínculo docente-alumno, el abusador continuaba su plan a través de distintos tratos que siempre contenían la sexualidad como eje principal.

La estrategia puesta en marcha por el docente era crear un vínculo de confianza con cada uno de sus alumnos, tratándolos como si fuera una relación única y especial, con el fin de evitar resistencias y así pactar secretos y complicidades.

Convocaba a esos niños que estaban ingresando a la adolescencia, bajo el ropaje de la contención y de compartir un lenguaje en común, a participar de actividades sexuales sin que ellos pudieran comprender su intencionalidad en función del dato determinante de su edad, del vínculo desigual y asimétrico que existía entre el docente y los alumnos víctimas.

Rowek les confesaba cuestiones íntimas, tanto personales como sexuales, convenciendo a sus víctimas de que hicieran lo mismo. Les enviaba fotos de sus partes íntimas, pidiendo reciprocidad a los niños. Les hacía regalos materiales o los invitaba a ver un partido de la Liga Profesional de Fútbol. En ocasiones Rowek también se vinculaba con las madres y padres de sus alumnos, para que a los adultos no les llamase la atención la presencia tan cercana del docente con su hijo. Alguna característica de la personalidad de Rowek obnubilaba a las víctimas y lograba que no le contasen lo acontecido a sus padres, consiguiendo así que no lo denunciaran.

Si bien muchos de los testimonios que se incorporaron a la investigación no formaron parte de la acusación final, por cuanto la justicia determinó que los hechos de abusos sexual estaban prescriptos por el paso del tiempo, lo cierto es que los eventos sucedidos durante la última década del siglo pasado sirvieron para que los operadores judiciales pudieran contextualizar correctamente el accionar de Rowek durante los últimos 30 años, verificando que era exactamente el mismo modus operandi, pero adaptado a las nuevas tecnologías existentes.

Al momento de dar su veredicto, el Tribunal valoró como circunstancias especialmente graves que Rowek comenzó a desarrollar su plan criminal con cada una de sus víctimas cuando eran sus alumnos y el vínculo de confianza que ello significaba. También tuvo en cuenta la pluralidad de víctimas y la mayor intensidad de afectación dado por el nivel de confianza que había entablado con las familias, lo que significaba que los padres y madres no adoptaran precauciones por cuanto no veían la necesidad de hacerlo.

Por último, para analizar la extensión del daño, contempló el Tribunal que los delitos se cometieron sobre víctimas especialmente frágiles y vulnerables, provocando la afectación de su salud integral abarcando varias dimensiones psicofísicas, sociales y familiares. Asimismo, sostuvieron los jueces que la proyección del daño se verificó marcadamente dentro de los ámbitos de las familias de cada niño y adolescente.

El condenado, antes de escuchar el veredicto, hizo uso de su derecho de manifestarse una vez más. Sabiendo que lo esperaba una condena alta, despotricó contra la fiscalía que lo acusó durante tres años, contra las víctimas que lo denunciaron y dijo que se lo silenció durante el proceso penal. Ello, pese a contar con una defensa técnica que lo asistió y representó.

En cuanto a la posibilidad de quedar inhabilitado para seguir ejerciendo la profesión de docente, adaptó una conocida frase de Diego Armando Maradona. Dijo: yo me equivoqué y estoy pagando, pero la tiza no se mancha”. También le manifestó al Tribunal “ustedes no se dan una idea del excelente docente que soy.

En sus palabras le agradeció al rabino que lo acompañó durante el juicio, de quien dijo que más que un guía espiritual era un amigo. Hizo propia las palabras de Jesús al decir “quien esté libre de pecados que tire la primera piedra”. Rowek invocó la frase del viejo testamento “¡Justicia, justicia perseguirás! Citó al psicoanalista y escritor Viktor Frankl, quien padeció las atrocidades de los campos de concentración durante el nazismo. Rowek prometió escribir un libro con la historia de su vida.

La narrativa épica que intentó darle a sus palabras, fue neutralizada por el tono monótono de su discurso frío, contradictorio y carente de arrepentimiento.

Finalmente, Rowek fue condenado a la pena de 20 años de prisión de efectivo cumplimiento por los delitos de grooming, suministro de material pornográfico a menores de edad, abuso sexual a menores de edad y abuso sexual agravado por haberse cometido con acceso carnal, también contra un menor de edad. El total de las víctimas por las que fue juzgado Rowek asciende a ocho niños y adolescentes, que al momento de los hechos tenían entre 12 y 16 años de edad y todos habían sido sus alumnos. A pesar de eso, Rowek se calificó a sí mismo como un “excelente docente”.

El fallo condenatorio podrá ser apelado tanto por la defensa de Rowek como por el Ministerio Público Fiscal.